¡Culpa!

¿Cuántas veces al día nos podemos llegar a sentir culpables? Culpable porque le he dicho que no a mi amigo cuando me ha pedido algo. Culpable cuando me discuto con mi pareja. Culpable cuando me voy a trabajar y dejo a mis hijos en la guardería. Culpable cuando no llamo a mi madre o no la voy a ver. Culpable cuando alguien me pide dinero por la calle y no le doy, o le doy para no sentirme. Culpable cuando le dijo “no” a mi hijo. Culpable cuando le he chillado o reñido. Culpas grandes, culpas enormes, culpas pequeñas.

¿Os habéis fijado que el sonido de la palabra suena como a algo que te golpea? Al menos a mí siempre me da esa sensación, porque realmente la culpa nos golpea, emocional, mental e incluso física y energéticamente.

 

Pero vamos a desgranar esta emoción

 

Aparece cuando creemos que hemos fallado o dañado a alguien o a algo que consideramos importante para nosotros por lo cual, en una forma u otra, esperamos ser castigados.

En la mayoría de ocasiones es una emoción muy irracional, o sea, que existe y es real, la sufrimos incluso a nivel físico cuando se convierte en ansiedad y angustia, pero muchas veces no guarda una relación coherente con los hechos, o sea, que nuestra reacción emocional es desproporcionada porque las emociones son así, ellas tienen su propia lógica, diferente del raciocinio. El problema viene precisamente de ahí, cuando la cabeza piensa una cosa y las emociones van a su aire y se crea una escisión interna entre la lógica racional y la emocional.

Lo curioso es que muchas personas en terapia dicen “yo no me siento culpable”, y es cierto, no se sienten porque es una de las emociones que, por lo dolorosa que es, más se guarda a nivel inconsciente, pero sin que nos demos cuenta gobierna nuestra vida, ese es su inmenso poder.

¿Os habéis parado a pensar cuántas de las cosas importantes y cotidianas de la vida están regidas por la culpa?  Quizás muchos pensaréis que ninguna, y si ésta es vuestra realidad de verdad que sois muy afortunados.

¿Pero podría pasar que viajara de incógnito y se colara por ventanas y rendijas del corazón sin que se pudiera identificar como tal? Porque tiene un arsenal de estrategias y argucias que utiliza para colarse, e instalarse definitiva y cómodamente en el mejor sofá de nuestra casa.

 

Los disfraces de la culpa

 

Uno de sus disfraces preferidos es el de “buena persona” y lo pongo entre comillas con toda la intención de cuestionarlo, porque soy buena persona si complazco a los demás, aunque en mi interior no quiera hacer lo que me piden, porque si no lo hago ¡me siento culpable! Ahí la tenemos, agazapada en uno de sus mejores papeles. Se nos cuela también disfrazada de humildad, o mejor dicho de falsa humildad, cuando, por ejemplo, alguien nos halaba merecida y sinceramente y nosotros decimos o pensamos que no hay para tanto, o incluso nos sentimos incómodos por la dificultad de aceptar las cosas positivas que hacemos.

Se disfraza también de exigencia, todo ha de ser perfecto y nunca nada está bien hecho, siempre ha de ser mejor y mejor…es como un jefe refunfuñón que nunca está contento, nunca felicita por nada viendo únicamente las faltas, a veces incluso donde no las hay.

Pero quizás el más refinado de todos, es el de sentirse una buena madre o buen padre cuando renuncio a mi persona y mis necesidades por complacer o atender a mi hijo, llegando incluso a la sobreprotección, tema del que se podrían llenar páginas y páginas. Desde luego que no hablo de aspectos importantes y esenciales en el cuidado físico, emocional y psicológico de los hijos, sino de aquellos que hacemos pasar por delante de los nuestros sin respetarnos. Creo que no hay peor sentimiento de culpa que el de ser mal padre o madre.

Podemos añadir el sentirnos buenos hijos cuando complacemos a nuestros padres a costa también de nuestras necesidades, y la verdad es que éste último compite por la medalla de oro con el anterior.

 

¿Dónde está entonces el límite ente la responsabilidad y la culpa?

 

Pues sólo puedo responder a esta pregunta con otra: ¿Hacemos lo que hacemos porque realmente queremos, porque disfrutamos haciéndolo, por amor, por un libre compromiso con nuestra responsabilidad, o por no evitar ese sentimiento tan destructivo de la culpa?

Parece una cuestión fácil, pero para poder responderla desde nuestra auténtica realidad emocional interna, deberíamos primero desenmascarar todos y cada uno de los trajes con los que se disfraza, sentirla – ¡ay, esto no es nada fácil! – y a partir de ahí darnos cuenta de cómo nos afecta en nuestro día a día. Ardua tarea, de verdad os digo.

 

 

 

 

Las consecuencias de la culpa

 

Capítulo aparte merecen todas emociones, e incluso trastornos y enfermedades, si, si digo bien, enfermedades, que genera cuando alcanza su cota máxima –  baja autoestima, a veces incluso inexistente, sometimiento a la tiranía o caprichos del otro, rabia, tristeza, depresión y angustia, solo por nombrar las más evidentes, porque hay muchas, muchísimas más.

 

¿Os resuena algo de todo esto…? Si es así, ¡bienvenidos al mundo de los mortales! Porque la culpa es una de las emociones más extendidas y a la vez, como decía antes, escondida. Y si alguno de vosotros no cree que pueda ser así, asomaos y mirad el mundo. ¿Creéis que si no campara impunemente a sus anchas pasaría todo lo que pasa?

Y sin olvidar la cuestión más importante: ¿Qué hay de positivo en una emoción tan destructiva y cómo puedo transformarla? Porque ¡por supuesto que se puede hacer!

Pero para no alargar más este artículo, ya que creo que hay tema suficiente para reflexionar, dejaré estos dos temas para una próxima ocasión en que abordaré también cómo podemos desenmascararla y sanarla.

Un abrazo y hasta pronto.

Montserrat Chando
Psicoterapeuta.
685.890.497 Barcelona

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